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Autocensura: esa inquilina que se mudó a tu cabeza sin pagar alquiler
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Este 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, queremos hablar de un fenómeno poco mencionado cuando se habla de los efectos de la violencia digital: la autocensura.
La autocensura es dejar de decir. Es un efecto sutil que buscan las campañas de desprestigio: que tu voz se apague sin que nadie tenga que callarla, porque terminan orillándote a que tú decidas callarte.
¿Cómo y por qué una persona decide dejar de hablar?
Porque el ataque instala una vigilancia que ya no necesita a nadie afuera, aprendes a vigilarte a ti misma. Y esa vigilancia no aparece de la nada, sino que despierta algo que a las mujeres ya se nos enseñó: mirarnos siendo miradas (es decir, aprender desde niñas a pensar cómo nos ven los y las demás antes de actuar, hablar o mostrarnos). Por eso pega tan hondo y tan rápido. Una parte habla y otra la censura, y te conviertes en tu propia jueza, muchas veces la más dura. El ataque puede durar una semana, pero la vigilancia interna puede durar meses.
La palabra parece explicarse sola, pero no muestra todo lo que pasa en el cuerpo y en la mente. Vivir en estado de alerta, sintiendo que cada palabra está siendo observada, es agotador. Esa hipervigilancia sostenida se traduce en insomnio, ansiedad, cansancio, culpa y una duda constante sobre el propio trabajo, incluso sobre años de trayectoria.
Callarse también tiene un costo, cuando dejas de decir lo que piensas, te vas desconectando de tu propia voz y de lo que te daba sentido. La autocensura lleva a replegarte al ámbito privado, a dejar de denunciar, de opinar y de estar, también te aleja de las redes de apoyo que más necesitas en ese momento. Puede que la autocensura no sea evidente desde afuera, pero todas las voces que se callan nos hacen mucha falta.
Si tuviéramos que dibujarla, sería algo descompuesto a lo que no quieres acercarte. Es un proceso interno, incómodo, y por eso evadimos mirar aquello que nos impide seguir alzando la voz. Pero que algo duela no significa que lo que dicen sea cierto. La autocrítica es valiosa y tendrá su lugar, pero somos humanas: los ataques duelen aunque lo que digan no sea verdad.
Rita Segato habla de una pedagogía de la crueldad que no solo castiga, sino que hace del castigo un espectáculo para enviar un mensaje a toda la comunidad. Castigar públicamente a una persona por sus ideas funciona como un mecanismo de control social, el mensaje no es solo para ella, sino para todas las que piensan parecido. Así se previene que aparezcan otras voces similares. Cuando la disidencia y la pluralidad no se aceptan, el desacuerdo se lee como traición, y quienes observan aprenden que hablar tiene un costo. En libertad de expresión a esto se le llama efecto inhibidor: el daño no termina en quien recibe el ataque, también desalienta a otras personas a hablar.
Desde afuera, la autocensura parece fácil de romper, pero el proceso requiere tiempo, comunidad y apoyo. La mordaza va cayendo poco a poco.
Frente a la crueldad que aísla, desde el Centro Digital S.O.S. proponemos la ayuda mutua, la palabra y cuidado colectivos. Lo que el ataque rompe es la red, y por eso la respuesta es volver a tejerla: nombrar lo que sentimos sin culpa, tomarnos el tiempo de procesar y recordar por qué hacemos lo que hacemos, y con quiénes.
Creemos en la conversación, la pluralidad, el cuidado colectivo y la ternura. La diferencia se conversa, no se castiga.
Si te pasa, te entendemos. Sabemos lo que es. Buscar apoyo es normal, y no hay nada de qué avergonzarse. El camino tiene altibajos, pero no caminas sola. En el Centro Digital S.O.S. te acompañamos.
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